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miércoles, 7 de enero de 2026

Sobre la realidad monetaria, el poder y el reordenamiento inevitable de las Américas

 


Sobre la realidad monetaria, el poder y el reordenamiento inevitable de las Américas

Por Germánico Vaca

El sistema financiero global ya no descansa sobre la confianza, la legalidad ni siquiera sobre una contabilidad coherente. Descansa sobre la inercia, la coerción y la esperanza de que el reconocimiento de la insolvencia pueda retrasarse lo suficiente como para evitar responsabilidades. Ese retraso está llegando a su fin.

El dólar estadounidense sigue siendo presentado como la moneda de reserva dominante del mundo, pero la dominancia en el nombre ya no corresponde a la dominancia en la sustancia. El dólar ha dejado de ser un instrumento escaso, gobernado por una emisión transparente y un sistema de liquidación exigible. Se ha convertido en una unidad de referencia replicada fuera del control soberano, multiplicada a través de instrumentos digitales, derivados y sistemas sintéticos de liquidación que ni reportan ni son plenamente comprendidos por las instituciones que afirman tener autoridad sobre ellos.

Este no es un problema teórico. Es un problema matemático.

Cuando las obligaciones de una moneda —deuda explícita, pasivos no financiados, reclamaciones en dólares offshore, exposición a derivados e instrumentos digitales en la sombra— superan con creces la capacidad productiva, los activos y la base energética del sistema emisor, la moneda deja de ser solvente en cualquier sentido real. Puede seguir funcionando temporalmente como unidad de cuenta, pero ya no representa valor almacenado. La historia es inequívoca al respecto.

La magnitud de las reclamaciones denominadas en dólares excede hoy cualquier mecanismo plausible de liquidación. Este exceso no es marginal; es sistémico. Las estadísticas oficiales ocultan el problema aislando categorías, excluyendo instrumentos en la sombra y tratando la replicación privada del poder adquisitivo del dólar como algo externo a la base monetaria. En la realidad, el dólar ha sido diluido funcionalmente hasta un punto que no puede corregirse mediante crecimiento, innovación ni política monetaria. Solo queda la imposición.

Esa imposición es cada vez más visible.

A medida que los mecanismos de liquidación se desplazan fuera de la banca tradicional —mediante stablecoins, intercambios de commodities, acuerdos opacos de compensación y arreglos bilaterales— Estados Unidos ha respondido no restaurando disciplina monetaria, sino intentando reafirmar el control mediante sanciones, confiscaciones de activos, amenazas y la aplicación extraterritorial de la fuerza. Esto no es una señal de fortaleza. Es el comportamiento de un sistema que ya no puede imponer cumplimiento mediante credibilidad.

Las acciones y declaraciones recientes del liderazgo estadounidense sugieren una disposición a ignorar marcos legales de larga data, normas de soberanía e incluso alianzas, en el intento de preservar la primacía del dólar. Se presiona a aliados, se amenaza a estados neutrales y se trata a adversarios como ejemplos más que como actores. Este enfoque es peligroso precisamente porque malinterpreta la estructura de dependencia del mundo moderno.

Ninguna potencia industrial o militar puede funcionar sin acceso seguro a energía, minerales, alimentos y recursos biológicos. Estos no son insumos abstractos; son restricciones físicas. Una nación que controla las finanzas pero no los recursos no es dominante: es vulnerable. Estados Unidos, China y Rusia dependen, en distintos grados, de cadenas de suministro y flujos de recursos que se originan fuera de sus fronteras. La suposición de que la presión militar o financiera puede anular esta realidad es un error estratégico.

El sector de los semiconductores ilustra esta vulnerabilidad con claridad. Las economías avanzadas dependen de una concentración geográfica extremadamente reducida de la fabricación de chips. Si esa concentración se interrumpe —ya sea por un conflicto en Taiwán o por el colapso de las cadenas de suministro— los efectos se propagan a todos los sistemas tecnológicos, desde la defensa hasta la medicina y las comunicaciones. Los intentos de relocalizar la manufactura avanzada en Estados Unidos han encontrado una limitación fundamental: la erosión de la base de capital humano necesaria para ejecutar estos proyectos a escala. Las instalaciones pueden financiarse; el conocimiento no puede crearse bajo demanda.

En este contexto, la continuidad de la hegemonía del dólar mediante la fuerza no solo es insostenible, sino desestabilizadora. A medida que la confianza se erosiona, el miedo sustituye a la credibilidad. El capital busca salida, no rendimiento. Las naciones buscan aislamiento, no alineación. En tales condiciones, el colapso rara vez es ordenado.

Para América Latina, esta realidad presenta tanto un riesgo como una oportunidad.

El riesgo es evidente: un declive desordenado del dólar transmitiría ondas de choque a economías aún atadas a él por comercio, reservas y deuda. El dolor no sería abstracto. Se manifestaría en inflación, escasez, agitación social e inestabilidad política. Esperar pasivamente ese desenlace no es neutralidad; es exposición.

La oportunidad reside en reconocer lo que silenciosamente ya es cierto: América del Sur, en conjunto, posee recursos sin los cuales el sistema global no puede funcionar. Energía, alimentos, agua, minerales estratégicos y biodiversidad no son insumos opcionales. Son fundamentales. Sin embargo, estos recursos han sido históricamente valorados, financiados y extraídos a través de sistemas monetarios externos que capturan el valor en otros lugares.

Una moneda regional respaldada explícitamente por los recursos sudamericanos no es un gesto de desafío. Es un acto de honestidad contable. Alinea la creación de valor con la realidad física. Restaura una relación directa entre producción, liquidación y soberanía. A diferencia de los sistemas fiduciarios sostenidos por la expansión de deuda y la imposición, una moneda respaldada por recursos impone disciplina por diseño.

Tal sistema no necesitaría reemplazar al dólar de la noche a la mañana. Bastaría con que existiera de manera creíble. Una vez que el comercio pueda liquidarse en un instrumento anclado a activos tangibles y gobernado por consenso regional, la dependencia de un sistema externo en deterioro disminuirá de forma natural. El poder no cambia mediante la confrontación, sino mediante la relevancia.

La alternativa —continuar con la fragmentación, la vulnerabilidad bilateral y la dependencia de una arquitectura monetaria en colapso, impuesta por comportamientos cada vez más erráticos— conduce al conflicto. No porque las naciones deseen la guerra, sino porque los sistemas bajo estrés recurren a la coerción cuando la legitimidad falla.

Este no es un argumento moral. No es ideológico. Es estructural.

Los sistemas monetarios no sobreviven gracias a narrativas. Sobreviven gracias a balances que cierran y a una confianza que no requiere fuerza. El orden global actual no satisface ninguna de estas condiciones. La pregunta no es si el cambio llegará, sino si las regiones con la capacidad de moldearlo actuarán de manera deliberada, o esperarán hasta que el desorden haga irrelevante cualquier elección.

Para América del Sur, el camino a seguir ya no es teórico. Es práctico, necesario y urgente.

La advertencia antes del colapso

 


La advertencia antes del colapso

Ensayo especulativo derivado de campos de probabilidad

Quiero compartir mis observaciones de visión remota respecto a los acontecimientos que parecen estar a punto de desarrollarse a partir de 2026. Lo que sigue no es una declaración de certeza, sino una advertencia derivada de campos de probabilidad: campos moldeados por frecuencias presentes, decisiones actuales y trayectorias de poder ya en curso.

Nada de lo aquí descrito está garantizado. Incluso la visión remota no revela resultados fijos; revela probabilidades: futuros posibles que emergen de las condiciones actuales. Las acciones que se tomen ahora pueden alterar estas trayectorias, a veces produciendo resultados opuestos a los originalmente previstos.

Gran parte de lo que está ocurriendo no es visible en los registros oficiales. Los tratados, doctrinas y estrategias públicas ocultan tanto como revelan. Bajo ellos existen operaciones clandestinas, acuerdos informales, maniobras financieras encubiertas y estrategias no reconocidas que no figuran en las “versiones oficiales”.

Aun así, lo que percibí en estos campos de probabilidad es internamente consistente, coherente y profundamente alarmante.

Cuatro crisis convergentes

Durante este período, el mundo —y especialmente los Estados Unidos— parece dirigirse hacia cuatro crisis simultáneas:

  1. Una crisis constitucional

  2. Un colapso económico

  3. Una tormenta geopolítica

  4. Una disrupción geológica a gran escala

Estos eventos no son aislados. Están interconectados, se refuerzan mutuamente y se aceleran entre sí.


Fallas económicas y geopolíticas

Ya estamos dentro de una guerra económica, haya sido reconocida formalmente o no. Varias señales indican que un punto de no retorno respecto al dólar estadounidense puede haber sido ya cruzado.

Seis indicadores de desestabilización del dólar

1. Confiscación de activos y represalias
Rusia confiscó más de 120 mil millones de dólares en activos europeos, llevando a múltiples empresas europeas al borde de la insolvencia y generando inestabilidad sistémica. Bajo el derecho financiero y bancario internacional, ninguna coalición ni autoridad puede transferir legalmente activos soberanos rusos a otro Estado. Cualquier fondo redirigido a Ucrania seguiría siendo legalmente adeudado a Rusia.

Sin embargo, esos activos ya fueron liquidados como represalia. Como resultado, Rusia no tiene obligación alguna de compensar, estableciendo un precedente extremadamente peligroso de guerra financiera mediante confiscación soberana.

2. La estrategia de salida del dólar de China
China ha ejecutado durante más de una década una desinversión gradual de varios billones de dólares en valores estadounidenses. En lugar de provocar un colapso inmediato, redistribuyó sus tenencias a través de instituciones domésticas, utilizó bonos como colateral, acumuló enormes reservas de oro, aseguró derechos mineros, adquirió control de puertos y financió infraestructura a escala global.

Esta estrategia permitió a China reducir su exposición al dólar de forma silenciosa, sin disparar alarmas. Mediante swaps monetarios y transacciones fuera de balance, ha disminuido sistemáticamente su dependencia del dólar manteniendo estabilidad de valor.

El momento en que China confirme públicamente que ha eliminado sus tenencias de deuda estadounidense —después de haber sido el mayor comprador durante décadas— la reacción del mercado de bonos será devastadora. Fondos de pensiones, hedge funds y sistemas de retiro a nivel mundial enfrentarán un colapso inmediato. China parece dispuesta a absorber la disrupción global a cambio de un realineamiento monetario total y el control de las cadenas de suministro.

3. Fuga de capital institucional
Grandes administradores de activos y corporaciones multinacionales —incluyendo BlackRock— han comenzado a retirar capital de activos denominados en dólares. Esto, por sí solo, es una señal terminal de pérdida de confianza. El capital no abandona imperios por accidente.

4. Incumplimiento de facto
Estados Unidos no logró refinanciar aproximadamente 9,4 billones de dólares en deuda. Las afirmaciones de que entidades LLC oscuras absorbieron dicha deuda encubren mecanismos circulares internos, equivalentes a que la Reserva Federal se financie a sí misma. Esto equivale a una forma de canibalización monetaria y roza el fraude.

Estas prácticas violan el marco de Bretton Woods, el cual Estados Unidos aplica selectivamente contra otras naciones mientras lo ignora internamente.

5. La verdadera carga de la deuda
Los 38 billones de dólares citados como “deuda nacional” reflejan únicamente obligaciones federales. La deuda real de Estados Unidos —incluyendo estados, condados, municipios, Medicare, Medicaid, Seguro Social, deuda estudiantil, deuda de consumo, hipotecas (Fannie Mae y Freddie Mac), deuda corporativa y pasivos no financiados— se aproxima a 666 billones de dólares.

Esta cifra es impagable bajo cualquier mecanismo económico realista.

6. El realineamiento monetario de los BRICS
Las naciones BRICS avanzan hacia una moneda respaldada por recursos naturales. Para que este sistema sea adoptado, el dólar debe colapsar. China y sus socios tienen tanto el incentivo como la capacidad para acelerar ese proceso.

Estados Unidos no puede protestar sin admitir la fragilidad de sus propios valores, lo que provocaría pánico inmediato en los mercados. El silencio se convierte así en parálisis.


La escalada por desesperación

En este contexto, las acciones ilegales y agresivas contra Venezuela no representan fortaleza, sino desesperación. Estas acciones violan el derecho internacional y constituyen una escalada temeraria. Cuando un Estado comienza a atacar económicamente o militarmente incluso a aliados o naciones neutrales, envía un mensaje claro: nadie está a salvo.

Este comportamiento acelera el realineamiento de alianzas y fomenta la repatriación de activos, la liquidación de reservas de oro y la retirada masiva de inversiones en Estados Unidos. El éxodo que se inicie bajo estas condiciones puede ser repentino, irreversible y devastador para la economía global.

Sudamérica posee más del 50 % de los recursos naturales del planeta. La formación de un bloque sudamericano ya no es opcional: es indispensable. Sin ello, el colapso no será solo financiero, sino civilizatorio.


Inestabilidad geológica y electromagnética

El sistema solar atraviesa actualmente el plano galáctico, referido en antiguas cosmologías como el “cordón umbilical” de la galaxia. Este ciclo ocurre aproximadamente cada 12.900 años y está consistentemente asociado en registros históricos con hambrunas, destrucción y reinicios civilizatorios.

Al cruzar esta región densa, cambian las condiciones electromagnéticas, lo que se correlaciona con:

  • Incremento del movimiento tectónico

  • Reactivación volcánica

  • Aumento de terremotos

  • Alteraciones en las corrientes oceánicas

  • Inestabilidad geotérmica

El continente norteamericano es particularmente vulnerable.

La falla de New Madrid muestra signos de reactivación. Un evento de magnitud 9 dividiría efectivamente a Estados Unidos, desestabilizaría la cuenca del Misisipi, comprometería Fort Knox y amenazaría los diques de los Grandes Lagos, poniendo en riesgo extremo a ciudades como Chicago.

En el oeste, los sistemas de San Andrés y las Cascadas permanecen preparados para eventos sísmicos mayores, mientras Yellowstone presenta indicadores anómalos. Instalaciones de residuos nucleares en Nuevo México y Texas ya registran actividad sísmica inusual. En Florida, la proliferación de sumideros sugiere colapso estructural, con escenarios de sumersión plausibles hacia 2029.


La ruptura constitucional

Estados Unidos ya se encuentra inmerso en una crisis constitucional.

El poder ejecutivo se ha vuelto errático, personalizado y desvinculado de la rendición de cuentas institucional. La corrupción a nivel de gabinete, el abuso de poder y la violación sistemática del debido proceso han vaciado de contenido el Estado de derecho.

La infraestructura de vigilancia —financiada con enormes recursos públicos— permite ahora el monitoreo total de la población. El miedo sofoca la disidencia. Muchos actores políticos guardan silencio no por lealtad, sino por coerción financiera, reputacional y existencial.

Cuando el colapso económico converja con la exposición pública de abusos sistémicos, la reacción social será incontrolable. Las estructuras de poder buscarán un chivo expiatorio. La figura más polarizante absorberá la culpa colectiva.

Si la ciudadanía encuentra el coraje para desmontar el aparato completo, la reconstrucción será posible. Si no, solo se reemplazará una figura mientras el sistema permanece intacto.


Un final probable y un comienzo posible

Esto no es la realidad presente. Es una proyección desde campos de probabilidad: uno de varios futuros aún accesibles.

Hacia 2031, se abre una ventana para la reconstrucción. Podrían emerger nuevos sistemas donde las personas recuperen la soberanía sobre los recursos, la gobernanza y el conocimiento. Modelos basados en Riqueza Comunitaria Científica, tecnologías cuánticas y sistemas vinculados a campos de conciencia podrían reemplazar jerarquías extractivas.

Las civilizaciones no colapsan por falta de advertencias.
Colapsan porque las advertencias son ignoradas.

Este ensayo existe para que una de esas advertencias quede registrada.